El Soccer City es un estadio impresionante. Me comentaron que su nombre original es FNB Stadium (First National Bank) por motivos publicitarios. Linda con el Centro Nacional de Exposiciones de Nasrec y Soweto; área urbana popular por albergar aproximadamente al 65% de los habitantes de Johannesburgo. Por doquier se puede mirar a deportistas, y eso es muy agradable. Pero aquel día, los espíritus de todas las personas que caminaban a mí alrededor estaban cargados de una energía diferente. Estaban ansiosos por la competencia, por conseguir la victoria y dejar a los mexicanos con un pie fuera de avanzar a la siguiente fase.
Caminé extrañado hasta una de las entradas principales del estadio, en ella se puede leer: “ESTADIO SOCCER CITY Monumento del Fútbol Africano”. Algo me intimidó entonces. Pensé en todas las inauguraciones en las que México llevaba a cuestas sin vencer a su rival, y que aquella vez que se logró sacar un empate, se trató de la Copa Mundial en su propia casa. No había ganando nunca en cuatro ocasiones abriendo la máxima competencia. Ahora estaba casi obligado a hacerlo por la diferencia de nivel futbolístico en contra de los Sudafricanos. Pensé en todos mis compatriotas y en sus inciertas esperanzas. Me hubiese encantado que entonces tuvieramos la libertad de pensar en otras cosas, cosas que son más importantes en realidad. Pero lo cierto es que a la inmensa mayoría no podía importarles nada más que esto: uno de nuestros tantos y muy absurdos sueños.
El 11 de Junio, 95,000 espectadores colmaron el Soccer City a partir de las cuatro de la tarde. Los aficionados Sudafricanos no dejaban de tocar sus famosas vuvuzelas. Estuvieron a punto de sacar una victoria que hubiera vuelto loca a una ciudad entera. Sin embargo, no lo hicieron. México logró empatar el partido para dejar la estadística en tres partidos perdidos y dos empatados en nuestra historia de inauguración en mundiales. Se empató con una anotación realizada a menos de 15 minutos de terminado el encuentro. México estuvo a punto de meter la pelota en la portería al menos en 3 ocasiones durante la primera mitad, pero Franco no pudo definir, y Márquez, un jugador que puede ser considerado dentro de los más célebres futbolistas de nuestro país pero que ya no es titular en el mejor club del mundo, puso el empate angustiosamente. Al final, los jugadores Mexicanos se lamentaron y no celebraron el empate a pesar de que pudieron haber perdido si no es que la pelota pegaba en el poste de Oscar Pérez a tres minutos de la finalización. Javier Aguirre y Mario Carrillo se dirigieron al vestidor preocupados y en un mar de dudas. Todavía en la cancha, Cuauhtémoc Blanco era captado encarando furiosamente al “chicharito”, refiriéndose a una jugada en la que el juvenil interceptó una pelota que no era para él. No se habló tanto del partido como de eso en los siguientes días. Aquello era triste pero no podíamos esperar otra cosa. México estaba en problemas y eso para nosotros era trabajo.
En la conferencia de prensa, Aguirre habló de todo lo que dejaron de hacer en la cancha. “En el segundo tiempo perdimos la pelota”, dijo; “debemos trabajar en nuestros errores”, continuó. No dijo nada fuera de lo normal, pero cuando escuche las declaraciones de Guillermo Franco, jugador que no tiene club y es titular en una Selección, no pude más que avergonzarme de él. Franco cortó de tajo con una estupidez: “La pusieron donde no la volverá a ver nunca”. Se refería al gol de Tshabalala, jugador Sudafricano que anotó un golazo que perforó la portería Mexicana. Después de fallar al menos tres opciones claras de gol se atrevió a decir tal cosa. El partido, el empate, no era un orgullo para todo el pueblo Mexicano, pero al menos seguíamos con muchas esperanzas.
Yo los miraba, a él y a los demás jugadores, de lejos, y al hacerlo me preguntaba un montón de cosas. Me preguntaba si, al final, era así como debían marchar las cosas. Por supuesto que me habría encantado ver a la selección de fútbol de mi país pasar por encima del anfitrión de manera sencilla. Me habría encantando verlo ganar con autoridad, con contundencia, ofreciéndonos un espectáculo de técnica y creatividad. Pero después pensé si habría preferido eso realmente, yo, que soy periodista. Me pregunto si en situaciones así, los sentimientos y corazones de mi país estarían volcados tan intensamente como lo estaban en esos dramáticos tiempos. Me pregunté cosas como esas por un rato, y al final no supe responderme claramente.
Mientras termino de escribir todo esto, pienso en Marini y todo lo que me dijo. Es cierto, al final México no perdió la inauguración, y deja mucho para contar al respecto. La Selección es el manantial que nunca deja de saciar la sed del periodismo deportivo mexicano. Debemos cruzar los dedos para que sigan su camino en el mundial por mucho tiempo todavía. Sin importar el hecho de que Aguirre no sepa de su gran error al dejar a Franco de titular y a Guardado en la banca… todos (los periodistas) estaremos en parte felices por ello.
Al mismo tiempo, en ese mismo continente, la gente también muere de hambre y otras terribles enfermedades. Sin embargo, poco importa, porque todas las miradas están concentradas en los estadios Sudafricanos. Estadios donde los sueños y el espíritu del mundo entero están postrados. Quien más desquiciado llegue a la siguiente fase, levantará un trofeo, un trozo de plomo bañado con dos copas de oro. Y nadie podrá negar que todo esto es absurdo, y totalmente romántico a la vez. Sin duda, asi es.
Foto| martinika.files





